
El pez jugaba en las ondas del agua, cuya fragancia se mezclaba con la de los lotos en flor. Protegidas por estos guardianes nadadores, las semillas germinaron y florecieron hasta convertirse en bellezas de pétalos carmesí. Cuando el pez se preparaba para migrar, se despedía de la rosa de las profundidades con la danza de su cola.