
El aventurero se despertó sobresaltado de su sueño, murmurando el frágil nombre de su amada, pero solo el silencio le devolvió el eco. La habitación de anoche había desaparecido sin dejar rastro, y de nuevo, él se encontraba solo, a la deriva y desamparado. La melancolía, como el canto de los insectos en la noche, subía y bajaba, sin que nadie respondiera.