
Los viajeros, cansados tras un largo viaje, saboreaban té claro y buen vino. La sala resonaba con risas mientras se compartían exquisitos platos, y las mesas pronto se llenaron como estrellas en el cielo. La chica se apresuró para seguir el ritmo, aunque ese ajetreo nunca había sido su fuerte; en poco tiempo, una copa dorada se volcó con vino ámbar y, por error, se sirvió ciruelas verdes en una taza de té.