
Los brotes redondos se aferraban a los tallos y las hojas. Arrastré un banco y lo observé en silencio mientras aflojaba la tierra y las regaba. Bajé la vista y le di la vuelta con cuidado al escaramago, que yacía de espaldas a mis pies, observándolo balancear la punta perezosamente, una torpe reverencia de gratitud.