
Un par de brazos ciñeron con fuerza la cola serpentina. En un instante, el peso abisal de las aguas pareció disiparse, y la rigidez de siglos enclavada en sus escamas se transformó en carne vibrante. Al levantar apenas la cola, el abismo se abrió dócil... pero ella dudó: ¿qué humano osaría adentrarse solo en su reino?