
El pika colarizo perdido llora a sus pies; ella consuela suavemente esas orejas de peluche desordenadas, y el llanto se disipa convirtiéndose en la hierba de orejas colgantes entre sus dedos, cuya corona de pelos es dispersada por el viento del bosque, enviándola hacia las copas de los árboles y las manadas de bestias. Pío-pío, fuuu-fuuu, es el sonido de los compañeros llamando al final del sendero.
