
En el escenario, la niña y su oveja bailan con una armonía grácil, sus movimientos al compás de la campana de la pastora y el rítmico repiqueteo de sus pies. Al girar, parecía que dejaban tras de sí el dulce perfume de flores que brotan. Iluminadas por la luz del sol, sus siluetas eran una combinación perfecta de gracia y vitalidad.