
Desde entonces, durante los largos años sin divinidad, los dragones se convirtieron en los custodios temporales del ciclo de la reencarnación. Guiaban a las almas perdidas, protegían la prosperidad y decadencia de los campos de flores, pero siempre miraban hacia la tierra del nacimiento de los dioses, esperando la nueva vida que brotaría del manantial dulce.
