
Las enredaderas del árbol del mundo abrazaban a los personajes en escena, atándolos a fragmentos de un destino compartido. Tras bambalinas, años de compañía habían acercado sus corazones, reposando en silencio, uno al lado del otro. Vivían las historias dramáticas de otros bajo los reflectores, pero en la calma de la realidad, valoraban la sencilla y cotidiana belleza de la vida.