
Desde lejos, la loong contemplaba la pequeña figura, con mil palabras no dichas atascadas en la garganta, que al fin se soltaron en un suspiro llevado por el viento. Con un suave giro de la punta de su cola, varios frutos maduros cayeron a los pies de la niña: un regalo, tibio con el aliento de las montañas.

Lazos de tinta