
No importaba cuán fuertes fueran las tormentas que sacudieran el mundo, siempre había algún rincón de paz en el mundo mortal. Refugiado por la chica, el pájaro blanco descansaba y se recuperaba. Aunque su boudoir no podía rivalizar con la amplitud del bosque y las tierras salvajes, bajo ventanas brillantes y limpias, flores y ramas proyectaban sombras inclinadas. Piedras de colores y conchas resonaban en melodía, mientras flores frescas y pasteles con miel llenaban el aire de dulzura.