
Las butacas se abrían hacia el escenario como un abanico desplegado. Sobre ellas, la cúpula dorada proyectaba un cálido resplandor por todo el teatro, como un cofre divino recién abierto. Invitada a actuar allí, la Compañía Lorelei dejó fluir sus voces, peinando el aire con una resonancia llena de gracia.