
En aquel entonces, aún le resultaba desconocido, pues su pelaje todavía no era del todo blanco. Le encantaba perseguir el viento, y con igual frecuencia, sentarse en silencio, absorto en sus pensamientos. Cuando sonaba la pandereta, seguía el sonido, mordisqueando las frutas redondas del suelo, un bocado a la vez.

Verde que te quiero verde