
Cuando el baile alcanzó su punto álgido, ella cabalgó sobre el viento, ingrávida, anhelando la luna. Invisible, la maldición susurró, invocando el viento y el trueno, y destrozando sus radiantes vestiduras. Cayó a través de capas de nubes turbias. Al levantar la vista, se dio cuenta de que el inmortal exiliado ya no podía encontrar esa clara luz de jade del alma.