
En el punto álgido del baile, los honguis que pasaban se unieron a la fiesta. Quizás sus movimientos ligeramente torpes divirtieron a la chica detrás de la puerta, y por primera vez, la bailarina escuchó su risa genuina, clara y melodiosa como campanillas de plata, llevada por el viento nocturno a lugares lejanos.

Refulgencia hecha añicos