
Una tejearaña se aferraba precariamente a una tela rasgada junto a una pequeña cabaña. Incluso una llovizna amenazaba con convertirse en una inundación devastadora. No emitía sonido alguno, solo extendía sus frágiles extremidades una y otra vez. Entonces, una gran hoja descendió de lo alto, como una cúpula, y la protegió del mundo.