
Los campos yermos yacían cubiertos de olas de trigo dorado, las minas desoladas fluían con ríos de gemas y oro, y la gente vitoreaba en celebración, aclamando a la divina doncella como portadora de milagros. Pero ¿por qué, mientras cantaba sobre la prosperidad del reino, una leve inquietud se agitaba en su corazón?