
Al anochecer, un hongui se acurrucó junto al camino. La risa cruel de los bandidos resonaba en el aire mientras le exigían hasta la última Flororita que había conseguido con mucho esfuerzo. Agarrando su tembloroso capuchonguito, arrojó la bolsa de dinero lejos, rezando para que los bandidos mostraran siquiera un atisbo de piedad.

Soledad entre las ramas