
Los tambores eran urgentes y jubilosos, como una lluvia repentina que golpea las hojas de árboles imponentes. Su enorme cuerpo se movía por el bosque, y cada paso hacía temblar la tierra, como si todo el bosque fuera el parche de su tambor. En ese momento de absoluto abandono, pronunció su nombre en voz baja.

Verde que te quiero verde