
Desde entonces, Ennio temía la reverencia final. Mientras los aplausos aumentaban y el telón caía lentamente, sintió como si las fauces del tiempo se estuvieran cerrando, listas para devorar todos los preciados recuerdos. Pero obstinadamente, mantuvo los ojos bien abiertos, desesperado por grabar cada sonrisa desaparecida en su mirada.