
El desorientado hongui quedó atrapado por la Bestia Guardiana y aterrizó con firmeza en el piso del bosque. Miró las estrellas que giraban en el cielo y sacudió su capuchonguito, mareado. La Bestia Guardiana permaneció a su lado y, preocupada, le dio un toquecito en la cara con sus suaves antenas.