
Él agita la mano sobre la noche etérea; los milagros caen como estrellas. La brisa acaricia la armadura marcada y las cicatrices entrelazadas, escucha cuidadosamente los dolores y los sollozos, transformándolos en el murmullo claro de los arroyos, limpiando silenciosamente toda tristeza.

Oleada sin regreso
