
Justo cuando el bandido codicioso alzó su espada hacia el capuchonguito del hongui, los pájaros alzaron el vuelo y una sombra blanca pasó volando, veloz como el viento. Los bandidos cayeron uno tras otro, y el hongui sintió un peso repentino en los brazos: todas las Flororitas dispersas habían regresado a su bolsa.

Soledad entre las ramas