
El viejo marinero presenció una vez la escena al atardecer: el marinero de dieciocho años recogía el oro ardiente de las olas con un cubo de hierro, mientras que el marinero de cincuenta años capturaba el brillo persistente del reflejo del mástil en sus arrugas. En los pliegues de las olas embravecidas, cada uno podía contemplar su propio crepúsculo.

Mar Distante