
Al adentrarse en el taller de caramelos cubierto de hiedras y adornado con globos, se sintió como si cayera en un remolino verdoso. El amable y anciano dueño de la fábrica agarró un caramelo de la jarra y se lo ofreció. "Cuidado, este caramelo ácido hará vibrar tus mejillas", le dijo.

¡Cuac, cuac, vámonos!