
El canto de la barda se extendió por tierras infinitas, sin detenerse en ningún bosque, hasta que caminó junto al coloso. Sus ojos silenciosos reflejaban los suyos, su enorme figura inclinada en atenta escucha. Cuando su cuerno tocó suavemente su pandereta, el bosque aprendió el lenguaje de la poesía.

Verde que te quiero verde