
La naturaleza albergaba la esencia del espíritu, profundamente oculta; las montañas y los bosques poseían una gran belleza, pero no pronunciaban palabra alguna. La abundancia de la creación y los mares insondables, el grandioso cielo y la tierra se manifestaban ante la vista. Lo que atraía al corazón divino era este único instante. Una mirada sorprendida y el deseo de agotar todas las edades en él.