
Los ancianos, resignados a su destino, aguardan en calma el fin; los jóvenes, en cambio, se agitan entre el desconcierto y el duelo, aún incapaces de comprender. La inocencia no alcanza a descifrar las paradojas de la leyenda: saben que las mentiras hechizan el corazón, pero ignoran que la sinceridad pura es el más astuto adversario del engaño.