
Su dolor aún no había llegado a los invitados del salón, pero lágrimas como perlas ya habían empapado su pañuelo de seda. Tras un largo y ajetreado día, encontró un breve momento de descanso, solo para oír un leve sollozo fuera. Un niño pequeño estaba sentado solo en los escalones de piedra, con una pálida chaqueta color loto temblando, agarrando un puñado de retales de seda enredados y adornos de jade rotos.