
Los invitados iban y venían como hilos entretejidos. Algunos contenían la respiración, con los ojos brillantes como estrellas sobre el agua; otros se alejaban absortos en sus pensamientos, como ondas y nubes pasajeras. Cada vez que alguien se marchaba con una linterna en la mano, una tranquila alegría brotaba en su corazón y se convertía en una plácida satisfacción.