
Susurros de su propia especie pasaban; el entendimiento tácito fluía entre los espíritus. Juntos sentían el aliento del cielo y la tierra, los cambios del viento y el rocío, sus alegrías y tristezas subiendo y bajando con el tiempo. Cuando el viento traía alegría, Ella hacía temblar las hojas del bosque. Cuando el viento traía lamento, Ella bajaba la niebla, y las montañas se quedaban en solemne quietud.