
Quizás hace tiempo que se disolvió en el viento, convirtiéndose en el latido de las montañas. Para buscar su rastro, no hay necesidad de pescar el reflejo de la luna en el agua ni de detenerse en años desaparecidos. En cambio, mira estos campos fértiles que se extienden por kilómetros: son su monumento silencioso y vivo.