
El fruticultor que la vio durante el día la visitó con una canasta de algodonas. Dijo que la puerta de su huerto siempre estaría abierta para la caballera errante. Lo que no sabía es que esas algodonas, de un amarillo intenso, también abrieron para siempre el corazón de la caballera errante a la humanidad.

Reencuentro entre lágrimas