
La música era su lenguaje. Tocó la pandereta una vez más, no por hogueras ni jolgorio, ni por cercanía ni deseo. Esta vez, marcó una despedida con la cabeza inclinada y una bienvenida con el rostro erguido. Cerró un final pesado y abrió un comienzo ligero. Por lo que había pasado y por lo que estaba por nacer.

Verde que te quiero verde