
Ya no era necesario que los jóvenes cromalmas se esforzaran de puntillas, ni que los desanimados se fueran con las manos vacías. Al ver tal alegría, su corazón se calentó como un arroyo primaveral rompiendo el hielo. El placer de dar y recibir se volvió indistinguible. Tales emociones eran las que nunca había conocido en siglos bajo la tierra.

Ecos de Wanxiang