
Dejó a un lado las tazas de té y se acercó al Imperio de Jade. Liberada del ajetreo de servir té, la tienda se llenó de mercancías y baratijas. Cuando el mercado se animaba y los clientes se agolpaban, a veces se ponía nerviosa y cometía pequeños errores. Solo las hileras de faroles que colgaban bajo los aleros le parecían viejos amigos, cuya luz resonaba silenciosamente en su corazón.