
Al llegar lentamente al borde del bosque, no se veía a nadie, salvo unas enredaderas tupidas y enmarañadas. A través de una rendija en la puerta, apareció la amplia cornamenta de un ciervo que empujaba la puerta de madera que la sirvienta había olvidado cerrar, invitando secretamente a la señora a explorar la naturaleza salvaje y desconocida del exterior.