
Cuando la bardo errante emprendió su viaje de nuevo, el Bosque Vetusto la llenó de lágrimas. Los grandes árboles aún se alzaban hacia el cielo, las hojas caídas formaban una suave alfombra, como si estuvieran sujetas por un hechizo eterno. El tiempo parecía detenerse allí, profundo y luminoso, inalterado en sus recuerdos.

Verde que te quiero verde