
Los artistas de las pinturas de Danching siempre habían sido de corazón tierno, pues atesoraban el alma de cada loto. Más allá de las nubes, plumas se desvanecían en el cielo lejano. En el papel, el carmín sangraba en claros y oscuros. El niño vio los colores de la flor brotar en la página, y luego se llevó los pétalos a casa.