
Crecieron nuevas plumas, y al final, el ave blanca tuvo que regresar a las montañas y tierras salvajes. "Tú allí, una vez llegues a ese mundo despreocupado, no olvides este pequeño patio," dijo la niña con una sonrisa mientras se despedían. Las alas se desplegaron, las nubes cruzaron el cielo como hilos de seda, como si mil millas de anhelo estuvieran atadas fuertemente a la ventana dentro.