
El familiar Coloso no aparecía por ninguna parte. Siguiendo sus antiguas huellas, la poeta se adentró en el Bosque Letargo. Qué silencioso era, en medio de un mar de flores blancas como la nieve, el anciano Coloso yacía inmóvil, respirando lentamente. Como arena deslizándose a través de un reloj de arena, su vida se había reducido a solo unos pocos granos.

Verde que te quiero verde