
La pandereta abrió las puertas del crepúsculo, su repique despertó a capullos soñolientos. Su muñeca giró, ritmos nítidos elevaba el fresco aroma de la hierba y las hojas. Era un saludo traído por el antiguo viento vespertino, un preludio antes de la verdadera canción, una invitación a esa vida exaltada.

Verde que te quiero verde