
El temblor final se desvaneció en la noche, pero el pecho del Coloso seguía subiendo y bajando como un fuelle. Las estrellas pasaban como fuegos artificiales y plateaban su pelaje húmedo de sudor como montañas nevadas. Su incansable compañero de baile se movió, sus ojos reflejaban el resplandor de la hoguera.

Verde que te quiero verde