
Siguiendo las indicaciones del Coloso joven, la figura de la bardo desapareció entre el gigante. Al caer la noche sobre las montañas, se acurrucó contra su cálido pelaje, aparentemente capaz de oír el latido constante de la tierra. Con cada improvisación, el gigante agachaba la cabeza para escuchar, y su aliento húmedo le rozaba el pelo.