
La artista de repente se dio cuenta de que las pinturas de Danching podían reflejar la realidad. Convirtió la tinta salpicada en ríos y montañas, aplicó bermellón para el amanecer y el anochecer, y dejó que un mundo entero se desplegara sobre el pergamino. Dentro de él, las personas adquirieron almas propias: cultivaban los campos, tejían sus ropas, se casaban y prosperaban generación tras generación, un universo en sí mismo.