
La artista detuvo su pincel, reflejando la vacilación de la maestra de la espada. Ya no eran recuerdos que dolían como heridas, sino memorias colmadas de calidez: muros de ladrillo bañados por el sol, vapor que se enroscaba desde el fogón de la cocina, y la silenciosa invitación de un viejo amigo a danzar con las espadas una vez más.