
En el pecho descansaban sedas bordadas y brocados, incontables ropas viejas reemplazadas por nuevas. Sin embargo, una permanecía atesorada en el corazón—su color más radiante que las flores, su gasa más fina que la niebla matutina. El viaje de la bailarina comenzó con esa prenda, y en esa misma prenda, esperaba, que terminaría.