
Una vez tan radiante como una rosa, su rostro se había marchitado hasta convertirse en una máscara pálida y vacía. Hacía tiempo que había olvidado cómo sonreír o fruncir el ceño. Su dolor y su alegría estaban movidos solo por hilos invisibles. Oh dioses, ¿aún se compadecen de los deseos de los que han extraviado su camino?

Horizonte de sueños