
Cuando era apenas un brote tierno, sus hojas nuevas susurraban respuestas al llamado de la chica. El dosel frondoso en el que creció la protegía del viento y la lluvia con nubes y flores. Incluso cuando solo quedaba un tocón tras aquel desastre, sus anillos aún albergaban palabras secretas. Al final, con su madera se talló un abanico que le regaló una lluvia de pétalos a su partida.