
No digas que esta vida pesa en mi pecho con amargura, pues las flores de durazno derraman su sangre por un destino escrito. Entre un peine y un abanico se guardan promesas antiguas, y en la próxima existencia, los destinados finalmente se encontrarán. En este mundo, el amor verdadero nunca se apaga, las almas se enlazan una y otra vez, tejiendo un lazo eterno que renace sin cesar, vida tras vida, en un ciclo sin fin.